lunes, 9 de abril de 2012

John Lennon.

¿Qué puedo deciros de mi mismo que no sepáis ya gracias a esos que nunca mienten?

Llevo gafas. Como nací el 9 de octubre de 1940, no soy el primer Beatle. El primer Beatle es Ringo, aunque no fue Beatle hasta mucho más tarde que el resto de nosotros, y estuvo tonteando en otros grupos y eso antes de comprender dónde le aguardaba su amargo destino.

Al 90% de las personas de este planeta, sobre todo de Occidente, les ha traído al mundo una botella de whisky un sábado por la noche, y el hijo no figuraba entre los planes. El 90% de nosotros somos accidentes: no conozco a nadie que haya proyectado tener un niño. Todos somos sorpresas de un sábado noche.

Mi madre era ama de casa, supongo. Era comedianta y cantante. No profesional, pero solía salir a cantar en pubs y sitios así. Tenía buena voz.
Mi madre y mi padre se separaron cuando yo tenía cuatro años y me fui a vivir con mi tía Mimi. Mimi me dijo que mis padres se habían desenamorado. A él, pronto le olvidé. Como si hubiera muerto. Pero a mi madre la veía de vez en cuando y nunca dejé de quererla. A menudo pensaba en ella, aunque tardé mucho en darme cuenta de que vivía a solo diez o quince kilómetros de distancia.

Mi familia a constituían cinco mujeres. Cinco mujeres fuertes, inteligentes y hermosas, cinco hermanas. Los hombres eran invisibles. Yo siempre estaba con las mujeres. Las oía hablar de los hombres y de la vida, y se enteraban de todo. Los hombres no. Aquélla fue mi primera educación feminista.

Lo más doloroso es no sentirse querido o comprender que tus padres no te necesitan tanto como tú a ellos. Cuando era pequeño, pasé por momentos en que prefería no ver las cosas desagradables, no deseaba saber que no me querían. El desamor acabó calando en mis ojos y en mi pensamiento. En realidad, nunca me quisieron. Si soy una estrella, es sólo a causa de mi represión. Nada me habría llevado a todo esto si yo fuera “normal”.

A veces me alegraba de no tener padres. Los parientes de mis amigos, en general, guardaban poco parecido con la humanidad. Tenían la cabeza llena de temores burgueses mezquinos. ¡En la mía estaban mis propias ideas!

Penny Lane es un barrio de las afueras, donde viví con mi madre, mi padre (aunque era marino, siempre estaba en alta mar) y mi abuelo. Al marcharme de Penny Lane me fui con mi tía, que vivía en la periferia, en un bonito chalet adosado con un pequeño jardín y rodeado de médicos, abogados y gente así; no la imagen pobre y sórdida que se ha proyectado.

La primera cosa que recuerdo es una pesadilla.

Liverpool se estaba convirtiendo en una ciudad pobre, muy pobre, y dura. Era una ciudad portuaria, el segundo puerto más grande de Inglaterra.

Strawberry Field era una vieja casa victoriana reformada para los huérfanos del Ejército de Salvación. De niño iba a las fiestas al aire libre con mis amigos. Siempre nos divertíamos en Strawberry Field.

En el jardín de infancia yo ya tenía algo. Era distinto a los demás. Toda la vida he sido distinto. No fui un caso de “entonces se tomó un ácido y vio la luz” o “entonces se fumó un porro de maría y vio la luz”. Todo es igual de importante. Mis influencias son enormes, desde Lewis Carroll a Oscar Wilde, hasta los niños de barrio que vivían cerca y acabaron en la cárcel.

Era el cerebro de mi grupo de amigos. Nunca me hablaron de sexo, lo aprendí de las paredes de los váteres. A los ocho años, ya lo sabía todo.

En Inglaterra hay un examen llamado Eleven Plus con el que te machacan desde los cinco años. “Si no apruebas el Eleven Plus, estás acabado para siempre”. Fue el único examen que aprobé en la vida, porque estaba aterrorizado.

Era agresivo porque quería estar bien considerado. Quería ser el jefe. Me atraía más eso que ser uno de los segundones. Quería que todo el mundo me obedeciese, riese mis bromas y me dejaran mandar.

Cuando tenía unos doce años, pensaba que sería un genio pero que nadie se daba cuenta. Pensaba: “O soy un genio o estoy loco. ¿Cuál de las dos cosas? No puedo estar loco porque no me han encerrado… luego, soy un genio”. O sea, el genio es una variedad de loco. Si existen los genios, yo lo soy. Si no, me da igual. Lo pensaba de pequeño cuando escribía poesía o pintaba. No me sentí realizado cuando The Beatles se hicieron famosos; he sido así toda la vida.

Si echas un vistazo a las notas, siempre pone lo mismo: “Tiene demasiadas cosas en la cabeza” o “malgasta la vida soñando despierto”.
Sí. En el colegio malgasté la vida soñando despierto. Pasé veinte años en trance porque me aburría a más no poder. Si no estaba en trance, no estaba allí; me iba al cine o a dar una vuelta.

Todos los niños dibujan, escriben poesía y todo eso, y algunos lo seguimos haciendo hasta los dieciocho, pero la mayoría lo dejan hacia los doce, cuando aparece un tipo y les dice: “No eres bueno.” Eso es lo que nos dicen toda la vida: “No lo haces bien. Es un bodrio.” Nos ha pasado a todos, pero si alguien me hubiera dicho, a lo largo de mi vida: “Sí, eres un gran artista”, habría sido una persona más segura.

En el colegio Quarry Bank me tenían por duro pero lo cierto es que me lo montaba para parecer más duro de lo que era. Solía meterme en líos. Me vestía de matón, como un teddy boy. Claro que si iba a los barrios bajos y me tropezaba con otros teddy boy, corría peligro. En el colegio era más fácil porque ejercía poder psicológico.
La banda que yo capitaneaba se dedicaba a robar en las tiendas, bajarles las bragas a las chicas, y cosas por el estilo.
No soy un tipo duro. Siempre me ha hecho falta una fachada para protegerme de la neurosis de los demás. En realidad, soy un tipo débil y muy sensible.

Julia, mi madre, me regaló mi primera camisa de colores. Empecé a ir a visitarla. Se convirtió para mí en una especie de tía joven, o hermana mayor.

Brigitte Bardot se convirtió en el amor de mi vida, a finales de los cincuenta. Todas mis novias morenas padecieron una constante presión para que se convirtieran en Brigitte. Para cuando me casé con mi primera mujer, Cynthia, que era morena, ya se había convertido en una rubia de cabello largo con el flequillo de rigor. 
Unos años después conocí a la Brigitte real. Yo iba de ácido y ella estaba acabada.

En mi casa nunca se ponía la radio, así que llegué al pop algo tarde. Yo sólo lo oía en otras casas. Las revistas de música decían que Elvis Presley era fantástico. Cuando lo oí, casi me muero. Me pareció increíble. Soy un fan de Elvis porque en realidad fue él quien me sacó de Liverpool. En cuanto lo oí y entré en la historia… aquello era vida, no había nada más. Solo podía pensar en el rock and roll, aparte de sexo, comida y dinero; pero en el fondo, todo es lo mismo.
El rock era real, todo lo demás era irreal. De todo lo que estaba pasando cuando tenía quince años, fue lo único que me llegó al alma.

Cuando tenía dieciséis, mi madre me enseñó música. Al principio utilizaba una guitarra prestada. No sabía tocar, pero mi madre me compró una de una casa de venta por catálogo. Tocaba la guitarra como un banjo, sin usar la sexta cuerda.
Cuando tuve la guitarra, tocaba un rato, la dejaba y luego volvía a tomarla. Tardé unos dos años en llegar a tocar sin pensar. Creo que recibí una clase, pero se parecía tanto al colegio que lo dejé. Aprendí sobre todo pillando trocitos de aquí y allá.

Lo mejor que Mimi dijo fue: “La guitarra está bien como hobby John, pero nunca te ganarás la vida con ella”. Unos fans americanos grabaron la frase en acero y se la enviaron. La tiene en la casa que le compré, en un sitio donde no puede perderla de vista.

Al final hicimos un grupo con chicos del colegio. Creo que el tío que tuvo la idea no llegó a entrar.
El grupo se llamó The Quarry Men. Le pusimos ese nombre por mi instituto Quarry Bak. Yo era el único que tocaba un instrumento de verdad, es decir, los demás tocaban instrumentos fabricados con cuerdas, pinzas y esas cosas.

Sea como sea, siempre suspendíamos, nunca hacíamos nada y mi amigo Pete estaba muy preocupado por su futuro. Yo le decía: “No te preocupes, todo irá bien”, a él y a la banda que me seguía entonces. Siempre creía que pasaría algo. No hacía planes para el futuro. No estudiaba para los exámenes. Nunca ahorré unas perras, no era capaz. Así que era el típico chaval de quienes los padres de otros chicos decían: “No vayas con él”. Porque sabían cómo era yo.

Mimi me había dicho que al fin lo había logrado: ya era un auténtico teddy boy. A todo el mundo le parecía mal, no sólo a Mimi. 
Ese fue el día que conocí a Paul.

Le conocí a través de Ivan. Por lo visto, él sabía que Paul siempre andaba intercambiando música y pensó que sería una buena adquisición en el grupo. Y un día que estábamos tocando, lo trajo. Los dos nos compenetramos muy bien. Otro amigo mutuo dijo: “Creo que vosotros dos os llevaréis muy bien.” Hablamos después de la actuación y vi que tenía talento.
Paul sabía tocar la guitarra, la trompeta y el piano. Con eso no quiero decir que tuviese más talento, pero su educación musical era mejor. Cuando nos conocimos yo sólo sabía tocar la armónica y dos acordes en la guitarra. Paul me enseñó a tocar bien, pero tuve que aprender los acordes con la mano izquierda porque él es zurdo; los aprendía al revés y al llegar a casa los invertía.

Me impresionó mucho ver tocar a Paul. Me dije: “Es tan bueno como yo.” Hasta entonces yo había sido la piedra angular. En aquel momento, pensé: “Si le digo que entre en el grupo, ¿qué pasara?” Pero era bueno, así que valía la pena tenerlo. Además se parecía a Elvis. Me cayó bien. Me volví hacia él ya en aquél primero encuentro y le dije: “¿Quieres entrar en el grupo?” Y por lo que recuerdo, al día siguiente dijo “sí”.

George entró a través de Paul.
Paul me presentó a George y yo tuve que decidir si lo dejaba entrar. Le oí tocar y le dejé entrar y nos quedamos los tres. El resto del grupo prácticamente fue expulsado.

Le pedimos a George que entrar porque sabía más acordes, muchos más que nosotros. Nos fue de mucha ayuda. Nos saltábamos las clases e íbamos a casa de George a pasar la tarde. George parecía aún más joven que Paul, y Paul aparentaba unos diez años, con su cara de niño.
George parecía demasiado joven y al principio yo no quería saber su edad. No  me cayó bien hasta más tarde.

Paul y yo conectamos enseguida. Yo estaba un poco preocupado porque mis viejos colegas se iban y llegaba gente nueva como Paul y George, pero pronto nos acostumbramos los unos a los otros.

Cuando dejé Quarry Bank me apunté a la escuela de artes y oficios de Liverpool. No me acababa de entusiasmar, pero decidí hacer el esfuerzo y tratar de llegar a algo. Fui porque no parecía que hubiera esperanza en mí en ningún otro campo y era casi lo único que podía hacer. Pero allí tampoco me fue bien, porque soy perezoso.

A mi madre la mató un policía borracho fuera de servicio, cuando ella volvía de casa de mi tía, donde yo vivía. Yo no estaba allí en ese momento. Estaba en la parada del autobús, y el tipo la atropelló con el coche.
Fue lo peor que me ha pasado nunca. Julia y yo habíamos llegado a entendernos bien, en sólo  unos años. Podíamos hablar. Nos llevábamos bien. Ella era genial. Yo pensaba: “Mierda, mierda, mierda, mierda. Todo se ha jodido. Ya no tengo que rendirle cuentas a nadie.”
Fue otro gran trauma. La perdí dos veces: una vez cuando me llevaron a vivir con mi tía, y otra vez a los diecisiete, cuando murió. Fue muy traumático para mí. Pasé una temporada terrible. Me quedé muy, muy amargado.

Siempre he sospechado que había un Dios, incluso cuando me consideraba ateo. Por si acaso. Lo creo, así que soy todo compasión, pero aún así hay cosas que te molestan. Sólo que odio las cosas con menos rabia que antes. Ya no estoy tan amargado, quizá porque he escapado un poco. Creo que la sociedad está controlada por unos dementes con objetivos absurdos. Supongo que ya me había dado cuenta a los dieciséis, o incluso antes, a los doce, pero lo he expresado de maneras distintas a lo largo de mi vida. Siempre estoy expresando lo mismo, pero ahora puedo formularlo así: creo que nos gobiernan unos maníacos con fines maníacos. Podrían encerrarme sólo por decir esto. Ahí radica la demencia.

No me da miedo morir. Estoy preparado para la muerte porque creo en ella. Pienso que sólo es como salir de un coche para montar en otro.

Adquirí más confianza y empecé a pasar de Mimi. Me iba largas temporadas, me vestía como me daba la gana. Siempre estaba encima de Paul para que pasara de su padre y se vistiera como quisiese. Su padre, a mis espaldas, hacía lo posible porque me echaran del grupo, según me enteré años después. Decía: “¿Por qué no os deshacéis de ese John? No hace más que crear problemas.”

Al final, vivía de cualquier manera.

Mi educación dejó mucho que desear; lo único que aprendimos fue a temer y a odiar, sobre todo al otro sexo. De adolescente sólo veía películas donde los hombres pegaban a las mujeres. Así se hacía, eso era de machos. Tardé mucho tiempo en librarme de aquello.
Mi infancia no fue tan terrible. Yo siempre iba bien vestido, estaba bien alimentado e iba al colegio, y me crié como cualquier buen chico inglés de clase media baja. Eso hacía distintos a The Beatles, el que George, Paul y John fueran chicos con estudios. Hasta entonces, todos los rockeros habían sido, en esencia, negros y pobres; y los blancos, camioneros, como Elvis. 
Lo más curioso de The Beatles era que todos habíamos estudiado y no éramos camioneros. Paul podría haber ido a la universidad. Siempre fue un buen chico. Aprobaba los exámenes. Podría haber llegado a ser, no sé… el doctor McCartney.






¿Quién sabe de dónde salieron The Beatles?
Es como la eterna pregunta de por qué tomas este camino  y no aquel otro…